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Ramadán y el negocio de las tragedias: Entre la fe y el oportunismo político

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Ramadán y el negocio de las tragedias: Entre la fe y el oportunismo político

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Amin iharchain

​El Ramadán está a la vuelta de la esquina, un mes de perdón, oración y acercamiento a Dios. Es el momento donde brilla la verdadera solidaridad de los marroquíes, pero lamentablemente, hay quienes aprovechan esta emoción religiosa para lucrarse con las desgracias ajenas, especialmente con las inundaciones que han azotado el norte de Marruecos, dejando pueblos fantasma y familias que lo han perdido todo.
​La cruda realidad que todos deben conocer es que gran parte de las ayudas y de las asociaciones se mueven bajo la lógica del “clientelismo” y el tribalismo. Muchas asociaciones, especialmente algunas de carácter religioso, actúan como intermediarias utilizando el estilo de la “taqiyya” (disimulo) solo para asegurar escaños electorales aquí y allá; levantan el lema de “el musulmán es hermano del musulmán” ante el público, pero en la realidad, los intereses personales y políticos están por encima de cualquier consideración.
​Cuando encontramos que el presidente de la asociación es de un pueblo (douar), su vicepresidenta es su esposa y los miembros son todos del mismo círculo cercano, el resultado es evidente: las ayudas recaudadas en nombre de las víctimas y los pobres terminan directamente en manos de familias “privilegiadas” que ya se benefician de estas asociaciones durante todo el año, mientras que el necesitado real, que no tiene influencias, se queda desamparado.
​Este “gran juego” se intensifica cuando existe complicidad entre los responsables de las asociaciones y ciertos cargos electos locales, donde el donante que da de buena fe y el ciudadano humilde que sufre la pérdida son siempre las víctimas. En lugar de burlarse de las tragedias de la gente y recaudar fondos en nombre de la religión para servir a agendas tribales o políticas, debe haber un control estricto sobre cada céntimo que entra a Marruecos.
​Nuestra atención también debe dirigirse a los jóvenes de la diáspora que malviven en las calles y a las personas que realmente han quedado desasistidas. El verdadero Ramadán es la sinceridad en el trato, no la hipocresía social ni el uso de fotos de las víctimas para llenar bolsillos o ganar lealtades. Guardar silencio ante esta farsa es lo que permite que la corrupción se arraigue en el trabajo caritativo y prive a quienes realmente necesitan una mano amiga.

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