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La Terrassa que amamos.. ¿Se convertirá en un “corral” por el pacto entre el dinero, la política y la religión?

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La Terrassa que amamos.. ¿Se convertirá en un “corral” por el pacto entre el dinero, la política y la religión?

Amin iharchain

​El barrio de Can Anglada, en la ciudad de Terrassa, atraviesa una situación de desconcierto y angustia que pone en jaque el futuro de nuestras generaciones. Este barrio, motor comercial y sede de la mezquita más grande de la región, se ha convertido hoy en el escenario de una extraña ecuación que mezcla el trabajo asociativo con el vandalismo organizado. La realidad es que lo que está ocurriendo no es casualidad, sino el resultado de una mentalidad que se ha filtrado en el tejido del barrio, creando una peligrosa conexión entre entidades que dicen realizar labor religiosa y social y grupos que practican la delincuencia y el tráfico de drogas. En este entorno, se han borrado los límites entre el “benefactor” y quien vive del caos; el criminal encuentra protección y los delitos contra las personas y la propiedad se vuelven acciones estudiadas y bien orquestadas.

​La pregunta que todos se hacen hoy es: ¿quién se beneficia de convertir un barrio histórico y comercial7 en una especie de “corral”, lejos de la modernidad de una ciudad de alcance mundial como Terrassa? Hay quienes comercian con los conceptos de “integración y convivencia” para obtener beneficios políticos y materiales concretos, mientras que los objetivos reales de algunos “shaikhs de la oscuridad” y de quienes manejan proyectos dudosos es mantener el barrio en un estado de desorden permanente. Esta situación ha hecho que todos terminen siendo partícipes, ya sea por silencio o por trato directo, debilitando el papel de la seguridad, que intenta controlar las cosas pero choca con una realidad manipulada por otros poderes. También resulta sorprendente ver figuras que llegan a cargos sensibles, como el de defensor del pueblo local, gracias a redes de relaciones determinadas, sin que veamos un impacto real de dicho cargo en la protección del barrio o en la reparación de las injusticias que sufren sus vecinos. Esto nos hace preguntarnos: ¿estos cargos sirven a los ciudadanos o solo para legitimar la influencia de una corriente específica?.

​En medio de este dolor, encontramos que la “mezquita más grande de Cataluña” vive totalmente de espaldas a la realidad del barrio. En lugar de que los sermones de los viernes sean lecciones de concienciación, disciplina ética y respeto a la ley, los encontramos sumergidos en cuestiones históricas lejanas a la realidad de una juventud que se hunde en las drogas y el crimen. Limitarse a recaudar donaciones o utilizar discursos de exclusión hace que la institución religiosa sea cómplice de esta oscuridad. La policía tiene un papel puramente de seguridad y no puede educar a las generaciones; esa es una responsabilidad de las instituciones y asociaciones del barrio que, al parecer, han elegido el silencio por sus propios intereses.

​La ciudad de Xavi Hernández, con su historia milenaria, no merece este “serial de terror” que siembra el odio y amenaza el futuro de los jóvenes. Salvar Can Anglada requiere la valentía de romper el vínculo entre el trabajo social honesto y aquellos que instrumentalizan la religión y las asociaciones para controlar el barrio. El futuro de Can Anglada es una responsabilidad de todos, y callar ante lo que pasa es contribuir a la pérdida de toda una generación. Ha llegado el momento de hacer un llamamiento a las instituciones oficiales para revisar los criterios de elección de quienes representan a los residentes, y para abrir camino a profesionales honestos que quieran construir una mentalidad unida basada en el respeto, lejos del lenguaje del vandalismo y los intereses ocultos.

[28/04 06:26] Iharchioun Amin: La Terrassa que amamos.. ¿Se convertirá en un “corral” por el pacto entre el dinero, la política y la religión?
​El barrio de Can Anglada, en la ciudad de Terrassa, atraviesa una situación de desconcierto y angustia que pone en jaque el futuro de nuestras generaciones. Este barrio, motor comercial y sede de la mezquita más grande de la región, se ha convertido hoy en el escenario de una extraña ecuación que mezcla el trabajo asociativo con el vandalismo organizado. La realidad es que lo que está ocurriendo no es casualidad, sino el resultado de una mentalidad que se ha filtrado en el tejido del barrio, creando una peligrosa conexión entre entidades que dicen realizar labor religiosa y social y grupos que practican la delincuencia y el tráfico de drogas. En este entorno, se han borrado los límites entre el “benefactor” y quien vive del caos; el criminal encuentra protección y los delitos contra las personas y la propiedad se vuelven acciones estudiadas y bien orquestadas.

​La pregunta que todos se hacen hoy es: ¿quién se beneficia de convertir un barrio histórico y comercial en una especie de “corral”, lejos de la modernidad de una ciudad de alcance mundial como Terrassa? Hay quienes comercian con los conceptos de “integración y convivencia” para obtener beneficios políticos y materiales concretos, mientras que los objetivos reales de algunos “shaikhs de la oscuridad” y de quienes manejan proyectos dudosos es mantener el barrio en un estado de desorden permanente. Esta situación ha hecho que todos terminen siendo partícipes, ya sea por silencio o por trato directo, debilitando el papel de la seguridad, que intenta controlar las cosas pero choca con una realidad manipulada por otros poderes. También resulta sorprendente ver figuras que llegan a cargos sensibles, como el de defensor del pueblo local, gracias a redes de relaciones determinadas, sin que veamos un impacto real de dicho cargo en la protección del barrio o en la reparación de las injusticias que sufren sus vecinos. Esto nos hace preguntarnos: ¿estos cargos sirven a los ciudadanos o solo para legitimar la influencia de una corriente específica?.

​En medio de este dolor, encontramos que la “mezquita más grande de Cataluña” vive totalmente de espaldas a la realidad del barrio. En lugar de que los sermones de los viernes sean lecciones de concienciación, disciplina ética y respeto a la ley, los encontramos sumergidos en cuestiones históricas lejanas a la realidad de una juventud que se hunde en las drogas y el crimen. Limitarse a recaudar donaciones o utilizar discursos de exclusión hace que la institución religiosa sea cómplice de esta oscuridad. La policía tiene un papel puramente de seguridad y no puede educar a las generaciones; esa es una responsabilidad de las instituciones y asociaciones del barrio que, al parecer, han elegido el silencio por sus propios intereses.

​La ciudad de Xavi Hernández, con su historia milenaria, no merece este “serial de terror” que siembra el odio y amenaza el futuro de los jóvenes. Salvar Can Anglada requiere la valentía de romper el vínculo entre el trabajo social honesto y aquellos que instrumentalizan la religión y las asociaciones para controlar el barrio. El futuro de Can Anglada es una responsabilidad de todos, y callar ante lo que pasa es contribuir a la pérdida de toda una generación. Ha llegado el momento de hacer un llamamiento a las instituciones oficiales para revisar los criterios de elección de quienes representan a los residentes, y para abrir camino a profesionales honestos que quieran construir una mentalidad unida basada en el respeto, lejos del lenguaje del vandalismo y los intereses ocultos.

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