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Racismo en los estadios: ¿un grito de miedo ante la politización de la religión?

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Racismo en los estadios: ¿un grito de miedo ante la politización de la religión?

Amin iharchain

​El estadio de Cornellá en Barcelona fue testigo de un partido entre la selección española y la egipcia. Aunque la victoria de “La Roja” era previsible dada su historia y sus grandes estrellas, lo que ocurrió en las gradas fue sorprendente y chocante. Estallaron cánticos racistas como flechas envenenadas dirigidas contra un sector de ciudadanos españoles musulmanes, algo que genera interrogantes, especialmente cuando la Constitución Española garantiza los derechos de todos sin importar sus creencias. Lo que llama la atención es que el incidente ocurrió en el corazón de una zona que alberga una de las mayores comunidades musulmanas de Cataluña, y muy cerca de la famosa mezquita de Cornellá, gestionada por asociaciones religiosas conocidas por sus vínculos políticos y la presencia de jeques y ulemas de Oriente en encuentros oficiales. Ante esto me pregunto, desde mi interés constante por el ámbito religioso y político: ¿es este arrebato de la grada un simple comportamiento racista aislado o es el resultado de un fallo en el sistema religioso islámico en el corazón de España?
​Desde mi lectura de la realidad, considero que la entrada de algunas mezquitas y asociaciones en el “juego político” español es lo que ha provocado que el ciudadano medio sienta preocupación por el futuro de su país. En lugar de que el trabajo asociativo sea una plataforma para una integración real, parece que los “protagonistas de los protocolos” prefieren las fotos oficiales y los intereses personales. Esta contradicción entre el discurso público y la realidad oculta alimenta los temores de la sociedad española, que empieza a ver en estos movimientos un peligro difuso. Creo que el problema de fondo es que algunas asociaciones religiosas en Cataluña dominan el papel de víctimas ante los medios, pero en sus reuniones cerradas y encuentros privados pueden seguir siendo prisioneras de un pensamiento antiguo que excluye al otro. Este aislamiento intelectual, acompañado de una dependencia de entidades externas, hace que la comunidad viva en una isla aislada, lo que requiere valentía para mirar hacia dentro y reformar el sistema para que sea parte de una ciudadanía real y no de crisis de identidad.

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