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Las dos orillas del Mediterráneo: de la memoria del conflicto a la fraternidad de un destino compartido

Marruecos, España y Portugal: cuando los pueblos construyen lo que la política por sí sola no puede lograr

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Las dos orillas del Mediterráneo: de la memoria del conflicto a la fraternidad de un destino compartido

Marruecos, España y Portugal: cuando los pueblos construyen lo que la política por sí sola no puede lograr

Por Mohammed Aabidou
Presidente de la Fundación Adán para la Fraternidad Humana

En una época en la que los muros psicológicos y culturales parecen multiplicarse entre las naciones, en la que resurgen los discursos del repliegue identitario, la desconfianza y el miedo al otro, el mundo necesita más que nunca mujeres y hombres portadores de sabiduría en lugar de confrontación; personas convencidas de que el futuro no se construye únicamente en los palacios del poder ni en los centros de decisión, sino también en las universidades, los centros de investigación, las instituciones culturales, las organizaciones de la sociedad civil y los espacios religiosos que unen en lugar de dividir.

Las relaciones entre Marruecos, España y Portugal no pueden reducirse a una simple vecindad geográfica ni a intereses económicos o preocupaciones de seguridad compartidas. Son, ante todo, una profunda historia humana forjada a lo largo de más de mil años de convivencia, encuentros y desencuentros, de heridas y esperanzas, de conflictos y reconciliaciones.

Durante siglos, el Mediterráneo no fue únicamente escenario de guerras y rivalidades; también fue cuna de intercambios intelectuales, científicos, artísticos y espirituales que dejaron una huella indeleble en la historia de la humanidad. Por sus aguas navegaron ejércitos y flotas, pero también ideas, conocimientos, obras de arte, valores y sueños que contribuyeron a moldear una de las civilizaciones más brillantes del mundo.

Desde Al-Ándalus hasta Rabat, desde Córdoba hasta Fez, desde Lisboa hasta Tetuán, las huellas de ese extraordinario mestizaje cultural siguen vivas en la arquitectura, las lenguas, la música, las tradiciones y las formas de vida. Son testimonio de que los pueblos han estado muchas veces más cerca unos de otros de lo que sugieren los relatos centrados exclusivamente en el conflicto.

El verdadero desafío que enfrentan hoy los países del espacio marroquí-ibérico no consiste únicamente en gestionar intereses comunes, sino en liberar la memoria colectiva de los prejuicios, los estereotipos y las lecturas parciales de la historia.

Y es aquí donde emerge el papel fundamental de las élites académicas, intelectuales, culturales, religiosas y de la sociedad civil.

Las universidades y los centros de investigación no son solamente lugares donde se produce conocimiento; son también laboratorios de confianza, diálogo y entendimiento mutuo. Los historiadores, investigadores, pensadores y académicos tienen la responsabilidad ética de releer el pasado con rigor científico y sensibilidad humana, alejándose de las narrativas de vencedores y vencidos y rechazando cualquier utilización de la memoria para alimentar divisiones o resentimientos.

Las organizaciones de la sociedad civil, por su parte, desempeñan una misión igualmente esencial: tender puentes entre las comunidades, promover los intercambios culturales, educativos y ciudadanos, y hacer que las relaciones entre los Estados se conviertan también en relaciones entre pueblos.

Los líderes religiosos y las voces espirituales están llamados igualmente a desempeñar un papel decisivo en un mundo amenazado por el extremismo, la intolerancia y los discursos de odio. Las religiones, en su esencia más profunda, no son una invitación al enfrentamiento, sino un llamado al encuentro, a la compasión, a la fraternidad y a la cooperación al servicio del bien común.

La construcción de un espacio marroquí-ibérico sólido y duradero no podrá sustentarse únicamente en la economía, la diplomacia o los intereses estratégicos. Requiere una verdadera revolución de las conciencias y un proyecto civilizatorio que sitúe al ser humano en el centro de todas las políticas y aspiraciones colectivas.

Desde esta perspectiva, la organización conjunta de la Copa Mundial de la FIFA 2030 por Marruecos, España y Portugal representa mucho más que un acontecimiento deportivo de alcance global. Constituye un momento histórico cargado de simbolismo y significado.

Es una proclamación de que la geografía puede convertirse en oportunidad y no en barrera; de que la historia puede inspirar en lugar de dividir; de que la diversidad puede ser una fuente de riqueza y no de conflicto; y de que el diálogo sigue siendo el camino más seguro hacia la paz.

Este Mundial ofrece una ocasión única para presentar al mundo un nuevo modelo de cooperación entre África y Europa, entre el mundo árabe, africano e ibérico, entre culturas y tradiciones diferentes unidas por una misma voluntad de futuro.

Sin embargo, el verdadero éxito de 2030 no se medirá únicamente por el número de estadios construidos, las inversiones movilizadas o los millones de visitantes recibidos. Se medirá por nuestra capacidad colectiva para transformar este acontecimiento en un legado permanente de entendimiento, cooperación y acercamiento entre los pueblos.

Ha llegado el momento de que las relaciones entre Marruecos, España y Portugal trasciendan la mera gestión de intereses para adentrarse en la construcción de un destino compartido.

Ha llegado el momento de que las universidades se conviertan en puentes de conocimiento, las asociaciones en puentes de solidaridad, los espacios religiosos en puentes de fraternidad humana, y los intelectuales, artistas, investigadores y medios de comunicación en embajadores de una nueva cultura del acercamiento entre los pueblos.

La historia escrita por las guerras puede ser corregida por la sabiduría.

Las fronteras trazadas por los conflictos pueden ser superadas por los valores compartidos.

El mar que un día fue escenario de enfrentamientos puede convertirse en horizonte de encuentro.

Marruecos, España y Portugal tienen hoy la oportunidad histórica de escribir una nueva página en la historia del Mediterráneo: una página fundada no en las heridas del pasado, sino en las lecciones que estas nos enseñan; una página en la que la memoria se convierta en puente de reconciliación, la diversidad en fuente de creatividad y el diálogo en camino hacia la paz.

Porque las grandes naciones no son recordadas por las guerras que ganaron, sino por la humanidad que fueron capaces de servir.

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