? Entre el “postureo” asociativo y la realidad de la calle: ¿A dónde van a parar las subvenciones en las ciudades catalanas

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Entre el “postureo” asociativo y la realidad de la calle: ¿A dónde van a parar las subvenciones en las ciudades catalanas?
Amin iharchain
Últimamente vemos proliferar en muchas ciudades catalanas una gran cantidad de festivales, actividades y carteles coloridos que hablan de “integración”, “convivencia” y acercamiento intercultural. Sin embargo, detrás de estas imágenes idílicas y de las celebraciones financiadas con importantes partidas de subvenciones y fondos públicos, se esconde otra realidad mucho más cruda y silenciada; una realidad marcada por la marginalidad, la inseguridad y los problemas diarios que sufren los jóvenes en los barrios obreros y periféricos.
Si hacemos una comparación rápida entre dos imágenes de la ciudad de Mataró, entenderemos el origen de la crisis con total claridad: por un lado, vemos el cartel publicitario de la “Feria de Eid al-Adha”, repleto de asociaciones participantes y logotipos de financiación; por el otro, vemos una imagen nocturna de disturbios y enfrentamientos con la policía en el barrio de Cerdanyola, en la misma ciudad, que terminó con varios jóvenes detenidos. Este contraste tan flagrante nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda: ¿sigue el tejido asociativo en Catalunya cumpliendo su papel real de integración, o se ha convertido simplemente en “proyectos comerciales” estacionales y totalmente desconectados de la calle?
En los últimos años, muchas asociaciones en Catalunya se han transformado en algo parecido a empresas que viven pendientes de las convocatorias de proyectos y de las subvenciones disponibles. En cuanto se acerca una festividad religiosa o cultural, se activan todos los mecanismos para organizar programas que duran apenas unas horas: talleres de caligrafía árabe, henna, gastronomía tradicional y actuaciones musicales de gnawa o dakka marrakshia. El problema no es celebrar nuestra cultura —eso es algo positivo—, sino que estas actividades se conviertan en una mera tapadera para justificar el dinero recibido por la asociación. Cualquiera que observe estos eventos se dará cuenta de que los asistentes son casi siempre las mismas caras: el presidente de la asociación, sus amigos y sus allegados. Es una estampa que recuerda a una boda protocolaria, donde el novio es el presidente de la entidad, la novia es la entidad que otorga la financiación, y al ciudadano de a pie o al joven que realmente necesita ayuda, nadie lo tiene en cuenta.
Cuando estos festivales se terminan a las diez de la noche y se apagan las luces, la calle en ciudades como Mataró, Manresa, Ripoll, Terrassa, L’Hospitalet o Badalona regresa a su dura cotidianidad. La falta de seguridad, la delincuencia, el paro juvenil que hace estragos y el fracaso escolar son los verdaderos titulares del día a día en estos barrios. Los disturbios y los constantes enfrentamientos con la policía en muchas de estas localidades demuestran el fracaso absoluto de estas políticas y programas asociativos. Estos jóvenes que acaban enfrentándose a la ley no han visto absolutamente nada de esa “convivencia” sobre el terreno, simplemente porque no hay nadie que los tutele ni que escuche sus problemas reales de empleo y formación durante el resto del año.
Esta enorme brecha entre las “fotos de integración” en las redes sociales y el “caos en los barrios populares” demuestra que existe una especie de ceguera o de indiferencia ante la realidad a pie de calle. A muchas entidades les resulta muy cómodo financiar actividades puramente institucionales y aprobar presupuestos para colgarse la medalla de la diversidad y el civismo, sin llegar nunca a profundizar en la raíz de los problemas económicos y sociales que afectan a la comunidad inmigrante.
El verdadero asociacionismo es aquel que baja a la arena, que convive con los jóvenes en sus crisis diarias e intenta buscarles soluciones reales en educación y empleo. Limitarse a maquillar la fachada y a rellenar memorias de actividades con palabras bonitas para seguir cobrando la subvención no sirve de nada; al contrario, solo profundiza la fractura social y deja a los barrios obreros de Catalunya aislados y sumidos en el abandono. Ha llegado el momento de fiscalizar estos proyectos en función de su impacto real en la calle y con la juventud, y no por el número de “likes” y fotos que acumulan en Instagram.
