Cisma en la convivencia: cuando el inmigrante hostiga a la sociedad que lo acoge

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Cisma en la convivencia: cuando el inmigrante hostiga a la sociedad que lo acoge
Amin iharchain
El barrio de Can Anglada, en Terrassa, es escenario estos días de un encendido debate que contrapone la responsabilidad social de sus vecinos con los intereses particulares de ciertos sectores. Hace poco, un líder religioso de Cataluña anunció su intención de publicar una serie de artículos para sacar a la luz lo que calificó de “verdades silenciadas” por las instituciones del Estado. En su discurso, defendía el derecho a la enseñanza de la religión islámica en las escuelas públicas y manifestaba su descontento por la supuesta marginación que sufre la comunidad. Sin embargo, antes de exigir derechos culturales y religiosos al Estado, este dirigente pasa por alto la verdadera pregunta: ¿quién es el principal causante de los problemas de convivencia en diversas ciudades españolas y, concretamente, en Cataluña? ¿No son, acaso, algunos de los propios hijos de inmigrantes de origen musulmán? Hoy en día, casi todas las ciudades cuentan con mezquitas para el culto y para la enseñanza de la lengua árabe y la religión a los niños, un derecho legítimo para preservar la identidad. No obstante, la cuestión clave es el papel que juegan estos centros a la hora de concienciar sobre lo que ocurre en las calles. Es de sobra conocido que la oración del viernes congrega a multitud de fieles, y esos jóvenes que causan disturbios en los barrios son nuestros propios hijos, pertenecen a nuestra comunidad y no vienen de otro planeta. Esto evidencia una grave carencia en la formación cívica y en la transmisión de los valores religiosos, un problema que debe corregirse desde dentro antes de reclamar derechos en las aulas.
La raíz más profunda del problema reside en la mentalidad de quienes se creen los únicos poseedores de la verdad absoluta mientras tachan a los demás de infieles. Esta forma de pensar supone un agravio flagrante hacia un Estado que ha brindado innumerables oportunidades a los inmigrantes, tratándolos como seres humanos antes que por cualquier afiliación religiosa. Antes de pedir a Dios la victoria sobre quienes se catalogan como “infieles”, se debería pedir guía y coherencia para alejarse de la hipocresía del interés propio. La cruda realidad es que muchos —aunque no todos— dependen por completo de las ayudas, el sustento y el bienestar que ofrecen estos países, mientras mantienen el corazón lleno de resentimiento y rechazo hacia todo aquel que piensa o cree de manera diferente.
Esta contradicción refleja una profunda crisis intelectual entre quienes se otorgan el derecho de decidir quién va al cielo o al infierno. Esta doble moral social y religiosa que arrastra una parte de la comunidad musulmana en el exterior exige un ejercicio de honestidad y autocrítica. No es coherente disfrutar de una vida digna y estable en tierras que los propios teólogos a menudo catalogan como “países de infieles” y, al mismo tiempo, carecer de gratitud y de voluntad para una convivencia pacífica. Mientras todos acuden con presteza a la mezquita al escuchar la llamada a la oración, se ignora por completo el deber cívico de respetar el espacio común. Esto se refleja claramente en el desorden, la venta informal y el abandono de carros y mercancías en las plazas del barrio, dejando en evidencia que el bienestar común exige, en primer lugar, reformar las conductas propias.
