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Las manifestaciones en España, Ceuta y Melilla y la crisis migratoria…

Cuando la cuestión del norte de Marruecos vuelve al primer plano de la Historia

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Las manifestaciones en España, Ceuta y Melilla y la crisis migratoria…

Cuando la cuestión del norte de Marruecos vuelve al primer plano de la Historia

Por: Mohamed Aabidou

Las manifestaciones y concentraciones de protesta celebradas en varias ciudades españolas el miércoles 2 de septiembre de 2026 no pueden reducirse a simples movilizaciones contra la manera en que el Gobierno español está gestionando la crisis migratoria en Ceuta. Estas protestas se han convertido en un momento político y social revelador de la profundidad de la crisis que atraviesa España en torno a la cuestión de Ceuta, así como de la fragilidad del equilibrio que rodea uno de los asuntos más sensibles de las relaciones entre Marruecos y España. Multitudes salieron a las calles de Ceuta y de distintas ciudades españolas, entre ellas Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia, Sevilla y otras localidades, para protestar contra la gestión de la crisis. Se escucharon consignas reclamando un mayor control de las fronteras, mientras las críticas contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, adquirían una intensidad creciente.

Pero es necesario detenerse largamente ante esta escena, porque la cuestión es mucho más amplia que una simple controversia española sobre la inmigración y va mucho más allá de una confrontación partidista entre el Gobierno y la oposición.

Ceuta no es una ciudad aislada de su historia y de su geografía.

Desde la perspectiva nacional marroquí, no es simplemente una ciudad española situada en la orilla sur del Mediterráneo. Es parte de una cuestión histórica y soberana que permanece abierta, al igual que ocurre con Melilla y con las islas y peñones situados bajo administración española frente a las costas marroquíes.

La reciente crisis migratoria ha puesto de manifiesto una realidad esencial: Ceuta y Melilla no son simples puntos fronterizos en un mapa. Son espacios de extraordinaria sensibilidad en los que convergen la seguridad, la política, la identidad, la memoria, las fronteras y la soberanía, además de los equilibrios entre Marruecos, España y Europa.

A finales de julio, Ceuta vivió una llegada migratoria excepcional. Diversas fuentes estimaron en alrededor de 70.000, e incluso más, el número de personas que intentaron cruzar la frontera o entraron en la ciudad, mientras decenas de personas perdieron la vida. Miles de personas, entre ellas menores no acompañados, permanecieron en Ceuta después del retorno a Marruecos de la gran mayoría de quienes habían entrado en la ciudad. La crisis se convirtió así en uno de los mayores desafíos fronterizos a los que se ha enfrentado Ceuta en años y, al mismo tiempo, en una cuestión política de dimensión nacional en España.

En este contexto tuvieron lugar las manifestaciones del 2 de septiembre.

Ciudadanos españoles salieron a las calles de varias ciudades en solidaridad con Ceuta y para protestar contra la gestión gubernamental de la crisis. En algunas ciudades, especialmente en Valladolid, cerca de 20.000 personas participaron en una concentración organizada por la Federación Española de Municipios y Provincias. Otras ciudades registraron también importantes movilizaciones, con voces que reclamaban la dimisión del Gobierno y exigían un refuerzo de la protección de las fronteras. Paralelamente, otras concentraciones defendieron los derechos de los migrantes y denunciaron el racismo y la xenofobia.

Este escenario revela las profundas divisiones existentes en la sociedad española en torno a la inmigración y a la manera en que el Estado debe gestionar la cuestión de Ceuta. Para algunos, se trata principalmente de una crisis de seguridad y soberanía; para otros, es una crisis humanitaria y migratoria. Al mismo tiempo, diversos sectores políticos, especialmente de la derecha y de la extrema derecha, están utilizando esta crisis para reforzar sus discursos contra la inmigración y para debilitar políticamente al Gobierno.

Pero desde la otra orilla del Mediterráneo, la pregunta que debemos formular no es solamente:

¿Por qué han salido los españoles a las calles?

La pregunta más profunda es:

¿Por qué Ceuta tiene la capacidad de hacer temblar hasta tal punto la política española?

La respuesta, a nuestro juicio, reside en la propia naturaleza de esta ciudad.

Para España, Ceuta no es una ciudad cualquiera.

Para Marruecos, tampoco.

Es el punto donde se encuentran la geografía y la historia, la política y la memoria, la inmigración y las fronteras, la seguridad y la soberanía, el presente y el pasado.

Por eso, cada crisis que estalla en Ceuta o Melilla supera rápidamente los límites geográficos de ambas ciudades para llegar a Madrid, Rabat y Bruselas, convirtiéndose en una cuestión política, de seguridad y diplomática.

La reciente crisis lo ha demostrado con especial claridad.

Madrid ha intentado explicar lo ocurrido por la acción de las redes de tráfico de personas y por la desinformación difundida a través de las redes sociales. El Gobierno español también ha señalado que la entrada irregular en Ceuta no otorga automáticamente el derecho a permanecer en España, ni a trasladarse a la España continental o a circular por el espacio Schengen. Asimismo, ha señalado que la mayoría de las personas que entraron el 30 de julio fueron devueltas a Marruecos en un plazo relativamente corto.

Paralelamente, en España aparecieron informaciones y acusaciones que apuntaban a una posible tolerancia, e incluso a una eventual orientación marroquí de los movimientos migratorios. Rabat rechazó estas acusaciones, mientras que el propio presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, negó la responsabilidad de Marruecos en la crisis. Por tanto, las causas exactas de lo ocurrido siguen siendo objeto de debate político y de análisis en materia de seguridad, y las acusaciones cruzadas no pueden convertirse en verdades definitivas antes de que concluyan las investigaciones.

Pero más allá de estos relatos enfrentados, existe una realidad que no puede ignorarse:

la inmigración se ha convertido en un instrumento estratégico de extrema sensibilidad en las relaciones entre Marruecos y Europa.

Los miles de jóvenes que arriesgaron sus vidas para llegar a Ceuta no buscaban todos enfrentarse a España, ni formaban parte necesariamente de ningún proyecto político. Muchos buscaban simplemente un futuro mejor, un empleo, dignidad y una oportunidad para vivir de otra manera. Otros fueron víctimas de las ilusiones difundidas por las redes sociales y de las estrategias criminales de las redes de tráfico de seres humanos.

Pero el drama es que algunos de estos jóvenes terminaron convirtiéndose en instrumentos de un conflicto que los supera.

La inmigración irregular nunca debería convertirse en un arma en manos de los Estados, en un instrumento de presión en las relaciones internacionales, en una herramienta de competencia electoral ni en un camino hacia la muerte colectiva.

Del mismo modo, el migrante no debe ser convertido en enemigo, el marroquí en un acusado colectivo, ni la crisis en una excusa para difundir discursos racistas o xenófobos.

Al mismo tiempo, Marruecos debe ser claro: la seguridad de sus fronteras es una responsabilidad nacional; la protección de sus ciudadanos es una responsabilidad nacional; la lucha contra las redes de tráfico de personas es una responsabilidad nacional; pero la dignidad del ser humano marroquí también es una responsabilidad nacional.

Si Europa quiere realmente reducir la inmigración irregular, debe abordar sus causas y no únicamente sus consecuencias.

Una política mediterránea eficaz no puede basarse exclusivamente en vallas, barreras y dispositivos policiales. Debe fundamentarse en una verdadera cooperación en materia de desarrollo, educación, formación profesional y creación de empleo; en la lucha contra las redes de tráfico de personas; y en la apertura de vías legales y seguras de migración, garantizando al mismo tiempo la protección de los derechos de los menores y de los niños.

Pero existe otra cuestión, igualmente importante, que la crisis migratoria ha vuelto a situar en el centro del debate:

la cuestión de Ceuta, Melilla y las islas y peñones bajo administración española.

La posición marroquí sobre este asunto es clara: estos territorios forman parte de una cuestión nacional de soberanía que debe encontrar una vía de solución mediante el diálogo, la negociación y los medios pacíficos, jurídicos y diplomáticos.

España, por su parte, sostiene oficialmente que Ceuta y Melilla forman parte de su soberanía y rechaza abrir un debate sobre la misma.

Es precisamente aquí donde el debate debe alcanzar una mayor altura.

Marruecos no está obligado a abandonar su memoria nacional, del mismo modo que España no podrá borrar la posición marroquí simplemente negándose a hablar de ella. Pero la existencia de una controversia no significa necesariamente que deba existir una relación permanente de hostilidad o ruptura.

Marruecos puede defender su causa con calma, paciencia y perseverancia, apoyándose en la historia, el derecho, la investigación científica, la diplomacia y la acción institucional.

La cuestión de Ceuta y Melilla no debe convertirse, por tanto, en un eslogan ocasional que aparece durante las crisis para desaparecer después. Debe formar parte de una visión nacional estratégica, coherente y de largo plazo.

Y aquí llegamos al corazón de la cuestión:

la memoria.

Cuando hablamos del norte de Marruecos, resulta imposible hablar de Ceuta y Melilla sin evocar la historia del Rif y de Yebala.

Hablar de la tierra del Rif, en la conciencia histórica marroquí, significa también hablar de la tierra de Yebala, de un amplio espacio septentrional donde se entrelazaron tribus, comunidades, rutas, intercambios y movimientos de resistencia, dando forma a una memoria común basada en la defensa de la tierra y de la dignidad.

Sería, por tanto, históricamente reduccionista encerrar la memoria de la resistencia dentro de una geografía estrecha.

El Rif y Yebala forman parte conjuntamente de una larga historia de resistencia marroquí frente a la expansión colonial.

Por ello, la cuestión de Ceuta y Melilla no puede separarse de la memoria marroquí del norte. Forma parte de una problemática histórica más amplia relacionada con el legado de la colonización española en el norte de Marruecos y en determinadas zonas del sur, así como con las profundas heridas que dejó aquel periodo.

Las regiones del norte de Marruecos conocieron fuertes movimientos de resistencia contra la presencia colonial. La Guerra del Rif sigue siendo una de las experiencias fundamentales de la resistencia marroquí moderna. También está vinculada a la dolorosa cuestión del empleo de armas químicas y gases tóxicos, así como a los bombardeos, las destrucciones y los ataques contra los medios de subsistencia.

Estas cuestiones deben seguir siendo objeto de investigaciones históricas y científicas rigurosas, basadas en archivos, documentos, testimonios y trabajos académicos.

No evocamos esta memoria para transmitir odio a las nuevas generaciones, ni para exigir responsabilidades a los españoles de hoy por actos cometidos durante la época colonial.

Lo hacemos por una razón mucho más sencilla y mucho más profunda:

las naciones que se respetan a sí mismas no destruyen su memoria.

Queremos una historia documentada, no una historia fabricada por el odio.

Queremos archivos abiertos, estudios científicos, testimonios documentados, investigaciones conjuntas y un debate serio sobre la colonización española, sobre la resistencia del Rif y Yebala, sobre los bombardeos, las destrucciones, los desplazamientos de población, las presiones ejercidas sobre los medios de subsistencia y, especialmente, sobre la cuestión de las armas químicas y los gases tóxicos.

Esto no está dirigido contra España.

Incluso podría estar en interés de la propia España.

Porque los pueblos no se reconcilian mintiendo sobre su historia.

Se reconcilian cuando tienen el valor de mirar la verdad de frente.

Las manifestaciones del 2 de septiembre en España, por tanto, no deben interpretarse únicamente como una protesta contra la inmigración o contra el Gobierno de Pedro Sánchez. Constituyen un momento que Marruecos debe observar con lucidez y visión estratégica.

Demuestran que Ceuta sigue siendo una cuestión extremadamente sensible en la conciencia española; que cualquier perturbación en esta ciudad puede convertirse rápidamente en una cuestión nacional; que la inmigración puede alterar los equilibrios políticos internos de España; que la derecha española intentará explotar esta crisis en el terreno electoral; y que las relaciones entre Marruecos y España seguirán estando directamente vinculadas a las cuestiones de las fronteras, la inmigración, la seguridad y la soberanía.

Marruecos debe, por tanto, pasar de la reacción a la acción estratégica.

Necesitamos una diplomacia histórica fuerte, capaz de presentar al mundo la historia del Rif y de Yebala, la historia de la resistencia marroquí, la historia de la colonización española y el expediente de Ceuta, Melilla y de las islas y peñones bajo administración española.

Necesitamos centros de investigación especializados en la historia del norte de Marruecos.

Necesitamos traducir los documentos españoles y los archivos militares al árabe, al francés y al inglés.

Necesitamos recopilar los testimonios de los descendientes de los resistentes.

Necesitamos producir documentales, investigaciones universitarias y obras históricas capaces de dar a conocer la cuestión del norte de Marruecos a la opinión pública internacional.

Y, sobre todo, necesitamos un discurso nacional responsable: firme en la defensa del derecho, pero sin incitación al odio; claro en la reivindicación de la soberanía, pero sin llamamientos a la violencia; comprometido con la memoria, pero sin transformar esa memoria en deseo de venganza.

España, por su parte, debe comprender que la relación con Marruecos no puede basarse únicamente en los intereses económicos, la cooperación en materia de seguridad y la gestión de los flujos migratorios.

Hay un pueblo que tiene memoria.

Hay una historia.

Hay cuestiones de soberanía.

Y hay preguntas a las que la memoria todavía espera respuestas.

Si Madrid desea realmente construir una relación estratégica, duradera y equilibrada con Rabat, el mejor camino no es negar estas cuestiones, sino aceptar un diálogo responsable y maduro sobre ellas.

La verdadera amistad no significa que una de las partes renuncie a su memoria para no incomodar a la otra.

La verdadera asociación no significa que las cuestiones históricas desaparezcan detrás de los acuerdos económicos.

Y la verdadera paz no significa enterrar el pasado, sino tener el valor de afrontarlo para construir un futuro diferente.

En cuanto a la inmigración, es demasiado importante para ser reducida a la palabra «invasión», y demasiado humana para ser utilizada como instrumento de humillación contra los marroquíes o los migrantes.

Es una tragedia humana, política y económica que exige respuestas profundas, desde la defensa de la dignidad humana hasta la construcción de políticas justas, equilibradas y responsables.

Y si algunos españoles han salido a las calles para defender Ceuta, los marroquíes también tienen derecho a hacer oír su voz en defensa de su memoria nacional y de sus cuestiones históricas, pero mediante medios pacíficos, cívicos, jurídicos y democráticos.

Marruecos no necesita gritar para ser fuerte.

No necesita odiar para ser patriota.

No necesita una guerra para defender sus derechos.

Su verdadera fuerza reside en su historia, en su unidad nacional, en su diplomacia, en el conocimiento, en sus instituciones y en su capacidad para transformar la memoria en un proyecto de futuro.

Ceuta, Melilla y las islas y peñones bajo administración española no son simples nombres en un mapa. En la visión nacional marroquí, siguen formando parte de una cuestión histórica y soberana abierta.

El Rif y Yebala no son solamente una geografía; son una memoria de resistencia y el testimonio de una etapa fundamental de la historia moderna de Marruecos.

La inmigración no es una guerra entre dos pueblos; es una tragedia humana cuyas causas y consecuencias deben ser comprendidas y abordadas.

Y las recientes manifestaciones en España constituyen un mensaje que no debe ser ignorado: Ceuta ha regresado al centro del debate español, mientras las cuestiones de las fronteras, la inmigración y Marruecos vuelven a ocupar un lugar destacado. Resulta evidente que este asunto no podrá resolverse mediante discursos emocionales ni consignas electorales.

Lo que necesitamos hoy es una inteligencia estratégica marroquí de largo alcance, capaz de saber cuándo hablar, cuándo guardar silencio, cuándo protestar, cuándo negociar, cuándo abrir los archivos y cuándo presentar la Historia ante el mundo.

En definitiva, el mensaje que debe partir del Rif y de Yebala hacia la otra orilla del Mediterráneo no es un mensaje de odio.

Es un mensaje de dignidad.

No odiamos al pueblo español.

No queremos una guerra con España.

No queremos vengarnos del pasado.

Pero tampoco aceptamos que se nos pida olvidar nuestra historia, renunciar a nuestras cuestiones de soberanía, convertir la inmigración en un pretexto para humillar al marroquí o considerar Ceuta y Melilla como una realidad definitivamente consolidada simplemente porque ha pasado el tiempo.

El tiempo ha cambiado.

Los Estados han cambiado.

Los equilibrios de poder han cambiado.

Pero la Historia no muere.

La memoria no se borra.

Y los derechos nacionales no desaparecen de la conciencia de un pueblo simplemente porque el mundo se haya acostumbrado a una determinada situación.

Del Rif a Yebala, de Ceuta a Melilla, desde las islas y peñones bajo administración española hasta el corazón de la memoria marroquí, el mensaje sigue siendo el mismo:

no al odio, no a la guerra, no a la venganza… sino una Historia que debe ser contada, un derecho que debe ser defendido, una dignidad que debe ser preservada y un futuro que debe construirse con sabiduría, lucidez y paciencia.

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