Humanidad primero: Entre la “limpieza de corazón” y las contradicciones de las apariencias

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Humanidad primero: Entre la “limpieza de corazón” y las contradicciones de las apariencias
Amin iharchain
En el mismo autobús (donde se respira parte del ambiente que se ve en la fotofui testigo de una paradoja increíble que resume a la perfección la diferencia entre “la religión como empatía y humanidad” y el simple postureo de la religiosidad rígida y superficial.
Mientras aún saboreaba la energía positiva que había dejado ese conductor español —quien, con una calidez humana tremenda, demostró que su trato diario con la señora marroquí en silla de ruedas va mucho más allá de una simple obligación laboral—, giré la cabeza y me topé con una escena que era la viva imagen de la contradicción. Una mujer de origen pakistaní vestida con un nicab al estilo afgano/pakistaní (completamente de negro, de pies a cabeza) iba acompañada de su marido, que vestía ropa de verano, ligera y moderna.
Pero la verdadera paradoja no estaba en la ropa, sino en los hechos. La mujer iba sentada en los asientos reservados para personas mayores y movilidad reducida. Cuando subió una anciana y le pidió, con toda la educación del mundo, si podía cederle el sitio, la mujer del nicab mostró un claro gesto de desagrado y fastidio antes de levantarse para irse a otro asiento. Y aquí es donde uno se pregunta: ¿Dónde quedan los valores de la religión, el respeto a los mayores y la ayuda al débil que supuestamente representa esa vestimenta? No estoy en absoluto en contra de la libertad personal, pero sí de esta corriente que presume de una estricta devoción externa mientras sus actos carecen de la más mínima empatía. Terrassa se ha convertido, lamentablemente, en un punto de referencia para ciertos sectores extremistas, y creo que cualquiera que viva en una sociedad tiene el deber mínimo de respetar los valores humanos comunes del entorno que lo acoge.
Lo más curioso —por no decir trágico— es que en ese mismo autobús me encontré con una amiga de origen marroquí que presenció todo conmigo. Nada más bajar del autobús, me miró y me dijo con ironía: “Mira, Amine… el marido va veraniego, viviendo en su mundo, y la mujer enterrada en ropa negra. Y fíjate en la distancia que toma él al caminar por delante, como si ni siquiera reconociera que va con ella”.
Su pregunta dio en el clavo: Si te avergüenza caminar a su lado o no la reconoces como tu igual, ¿para qué la obligas a llevar esa vestimenta? ¿Es por convicción o es simplemente una imposición y un control que has decidido ejercer sobre ella?
En conclusión:
Cuando hablemos de valores y de moral, no me hables de tus discursos ni de tus ropajes; háblame de tu humanidad, de la limpieza de tu corazón y de tu respeto hacia los demás. Esta es mi opinión, y soy libre de expresarla
