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Fútbol y política en Cataluña: ¿plataformas para la patria o para el beneficio personal

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Fútbol y política en Cataluña: ¿plataformas para la patria o para el beneficio personal?

Amin iharchain

​El “Hotel Hesperia Hyatt Regency” en L’Hospitalet de Llobregat, Barcelona, fue el escenario de un multitudinario encuentro de la comunidad marroquí para seguir el partido de la selección nacional contra su homóloga canadiense. A pesar del ambiente festivo y del gran esfuerzo de los jugadores en la segunda mitad para remontar el encuentro, esta fiesta deportiva nacional no estuvo exenta de tensiones. El descontento surgió entre los asistentes debido a la introducción de intereses políticos en una cita que debió mantenerse exclusivamente como un espacio de unión para todos los marroquíes, sin trasfondos partidistas.

​Esta interferencia entre el deporte y la política se manifestó en una clara ruptura del protocolo establecido para estos actos oficiales. En lugar de ceder la palabra inicial al representante oficial de la diplomacia marroquí, es decir, al Consulado General del Reino de Marruecos en Barcelona, se priorizó al expresidente de una entidad asociativa, la Fundación Ibn Battuta, para que hablara en primer lugar. Este hecho fue considerado por muchos de los presentes como un desprecio a las normas institucionales y una subordinación de los canales oficiales a favor de figuras que buscan visibilidad e influencia.

​El problema no se limitó a una cuestión de prioridades en el uso de la palabra, sino que se extendió al uso del escenario para promocionar objetivos particulares de la fundación y capitalizar iniciativas sociales. El presidente de la entidad aprovechó su intervención para atribuirse la facilitación de programas de ayuda dirigidos a ochocientas personas en situación de vulnerabilidad dentro de los planes del gobierno español. Utilizar los problemas sociales y las necesidades básicas de los ciudadanos en un evento futbolístico diseñado para unir voluntades representa una instrumentalización evidente para obtener réditos personales y políticos, lejos de los fines nobles del asociacionismo.


​Mejorar la imagen de Marruecos en España, y especialmente en Cataluña, no puede reducirse a meros actos festivos tradicionales como ofrecer té, dulces o espectáculos de Dekka Marrakchia. Por el contrario, requiere consolidar una transparencia real, una democracia auténtica y la renovación de los representantes. La persistencia de las mismas figuras en el control de estos espacios y la exclusión de nuevos perfiles y de las instituciones oficiales daña la reputación de la comunidad. Además, incrementa la frustración del ciudadano común que lucha diariamente por salir adelante, mientras observa cómo sus circunstancias son utilizadas para alimentar redes de influencia privada.
​En conclusión, queda abierta la cuestión sobre los límites reales entre la acción comunitaria y la actividad política. El deporte, la cultura y la religión son patrimonios compartidos de la sociedad y ninguna facción debería monopolizarlos o politizarlos. La reforma en la gestión de los asuntos de la comunidad residente en el exterior pasa necesariamente por el respeto a la pluralidad y por otorgar el protagonismo a quien actúe en beneficio del interés general, y no para servir a agendas partidistas vinculadas a ciertos sectores que han extendido este modelo de control en varias ciudades catalanas.

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